Jun 292011
 

CUANDO MANEJEMOS LA REALIDAD CON EL PENSAMIENTO: ¿MAGIA O, SIMPLEMENTE, TELEQUINESIA BIÓNICA?

Noticia Futurista: ‘Telequinesia biónica o electroquinesis: realidad cotidiana’
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Biochip implantado para amplificar las ondas electromagnéticas cerebrales

Mucho antes que los sapientísimos hijos de la Élade descifraran la realidad desmadejando sus hilos, muchísimo antes que a Pericles le diera tiempo a decir en el ágora ateniense ‘este Partenón es mío’, pero que mucho antes, hubo un océano de tiempo inenarrable durante el cual 800.000 generaciones humanas soñaron, amaron y murieron. En la garganta de Olduvai, Tanzania, se hallaron restos de herramientas construidas por homínidos hace 2,5 millones de años, magnitud descomunal más propia de estrellas que de hombres. Esa garganta se erige como una orográfica metáfora del abismo que nos separa que aquellos Homo Habilis que jamás contemplarían un Rembrandt o leerían a Neruda. Salvada esa fisura de la eternidad nos encontramos en el ayer, en términos geológicos, al Fidias de la Edad de Piedra, que esculpió a la denominada “Venus de Willendorf”, aproximadamente doscientos siglos antes que el de verdad desnudara el marfil para extraer de él la estatua criselefantina de Zeus en Olimpia, una de las 7 Maravillas del Mundo Antiguo.

‘Venus de Willendorf’, de 20.000 años de antigüedad

El artista prehistórico talló la que se considera primera escultura conocida, aunque no sabemos si se enamoró de ella, cual Pigmalión del paleolítico superior. Hace tan solo una horas-seguimos hablando en tiempos cosmogónicos-un Miguel Ángel Buonarroti cántabro y solutrense de hace veinte mil años engalanó las cuevas de Altamira porque le pareció más edificante que las actividades cinegéticas que tenían programadas sus congéneres esa temporada. Cinco mil años después, uno o varios magdalenienses y manieristas sin saberlo, remataron el pétreo lienzo sin necesidad de quedar inmortalizados, más por sus huellas digitales, como los abajofirmantes de su obra. Por más que se exprimió con posterioridad el Carbono 14, éste nos informó del cuándo, pero jamás del quién. Cautivos en las mazmorras de la Edad que les tocó vivir no tuvieron, al menos, que lidiar con el papa Julio II, por asuntos pecuniarios o artísticos como le tocó al auténtico Michelangelo. Hace cinco minutos los egipcios construyeron las pirámides, se erigió Stonehenge, obras que liliputizan todo lo anterior y casi todo lo posterior. La Edad de Bronce, entre cielos procelosos y libélulas gigantes, introdujo un salto cuantitativo en la interacción del Hombre con la materia. Todos aquellos hombre y mujeres anónimos usaron sus manos para sobrevivir en sus insignificantes vidas y para sobrevivir al tiempo, creando…

Stonehenge, monumento megalítico de la Edad de Bronce

Hemos precisado esos cinco minutos, la Edad del Hierro, chinos, egipcios, persas, griegos, romanos, bizantinos, carolingios, un sinfín de tribulaciones y revoluciones islámicas, francesas e industriales, para llegar finalmente a la Era Internet y a esta Edad del Silencio que se nos presenta, para que el salto también sea cualitativo. Manejar objetos y/o máquinas con nuestros pensamientos abre ante nosotros un universo de posibilidades inconcebible. En absurdo ejercicio de clasificación diré que cabe, quizá, una dicotomía en dichas posibilidades que es también la que ha caracterizado a nuestros ancestros: Lo pragmático y lo creativo, conceptos ni por asomo excluyentes. Manejar la realidad con nuestros pensamientos yergue ante nosotros un mundo nuevo y edificante, invisible e intangible, ubicuo y quizá omnímodo, de cuya correcta gestión depende nuestra supervivencia como especie. Sobre el papel la nueva herramienta elimina estadios intermedios en nuestra interacción con el universo, conectando directamente nuestras neuronas, y por lo tanto a nosotros, con la acción, suprimiendo el burdo y abrupto lenguaje y el más tosco todavía ejercicio físico de nuestras queridas extremidades. ¿Se nos atrofiarán éstas por falta de uso?

Nina Kulagina, mujer rusa nacida en 1.926 que, presuntamente, poseía poderes telequinéticos

Evidentemente y a corto plazo (la vida de un individuo) algo tendremos que hacer para ejercitarlas, cuando se generalice la telequinesia biónica. A largo, se habrá de tener especial cuidado con las comunidades endogénicas durante generaciones, como las de los colonos del Sistema Solar. Dinamizar es verbo que queda muy corto para expresar el concepto: En el arte el salto probablemente sea cuántico además de cualitativo. Que el creador pueda desplegar su virtuosismo dibujando, esculpiendo, componiendo o escribiendo directamente con sus sentimientos abrirá al mundo los universos más remotos y fabulosos que se encuentren en los pliegues más profundos de nuestro yo. Respecto de la otra vertiente, la práctica, sí que en este caso en las antípodas, en el manejo de la realidad no permitirá veleidades, no estará autorizado los funanbulismos mentales, las acrobacias sinápticas quedarán proscritas; a los irresolutos, a los desequilibrados, se les vedará la nueva posibilidad tecnológica por el peligro que encierre hacer realidad los pensamientos de modo ipso-facto.

‘La caja de Pandora’ (1.896), del pintor inglés John William Waterhouse

Se ha abierto una Caja de Pandora cuyo contenido desconocemos. Los técnicos aseguran que la nueva tecnología es segura, nos venden sus bondades, defienden su funcionamiento para cualquier persona y bajo cualquier circunstancia. Tengo mis serias reservas al respecto. Nadie comprende, por ejemplo como codifica la información el hipocampo cerebral aunque los “genios” se han limitado a imitar su comportamiento. Primero deberemos evolucionar y aprender nuevos patrones mentales. Un duro y complejo entrenamiento, vamos. Quien asegure que controla sus pensamientos al ciento por ciento que tire la primera piedra, pero con sus manos. Todavía no tengo implementado el biochip y ya añoro a nuestros ancestros que se manejaron siempre con ellas.

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(c), 2006 Ramón Galí. Artículo original cedido por la revista Tiempos Futuros Future Times
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Mar 292011
 

ENTREVISTA A UN ROBOT UN INTELIGENTE: “ES USTED UN ELECTRODOMÉSTICO DE LO MÁS REPELENTE”     

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Leeds, Inglaterra, UE , 9 de Abril de 2.051

Hace frío en Leeds, Inglaterra. El aerotaxi nos deja en la verja de una especie de villa victoriana, al noroeste de la ciudad; la enorme casa solariega es propiedad de la Claymstrom Corporation y está ubicada a escasos kilómetros de su cuartel general. Habríamos tardado poco más si el trayecto desde el espaciopuerto lo llegamos a cubrir por tierra; la ciudad industrial del condado metropolitano de Yorkshire Occidental es sinónimo de comunicaciones, paradigma de la intersección, encrucijada de caminos como una Constantinopla
del siglo XXI. Más allá de la villa contemplamos que se extienden campos agrícolas hasta donde alcanza la vista. ¿Es Leeds, con su corazón dividido entre industrial y agrario, metáfora del personaje al que vamos a entrevistar, entre artificial y natural? ¿O él es la metáfora? No hace falta que nos detecte el sensor; un hombre delgado, debajo de un amplio sombrero de paja, vaqueros y jersey de lana color marfil, sale a nuestro encuentro y nos abre la puerta. Una curiosidad: Nos han advertido que debemos evitar que nos pise. Su engañoso y estilizado aspecto oculta sus más de cien kilogramos de peso.

-Buenas tardes, señorita Guinizelli-Comenta mirándome. Luego, sin apartar sus pupilas de mí infiere: ¿O prefiere que la llame Violeta?-Nuestro anfitrión posee una entonación perfecta y voz firme, aunque rasgada, quizás entre barítono y el legendario Rod Stewart. No es ni guapo ni feo, ni todo lo contrario, aunque sí de rasgos equilibrados; en cualquier caso y al igual que en la rueda de prensa, nos ha desarmado con sus modales exquisitos.

-Violeta, por favor, antes pizpireta, ahora provoleta, porque todavía no le he dado la mano y ya me he derretido, cual queso fundido. Alguien de la redacción tenía que venir y gané yo.-Entonces nos la tiende y notamos algo que, estúpidamente, nos produce una pequeña decepción: su textura, su rugosidad y elasticidad es idéntica a la de un ser humano pero no así su temperatura; es tan gélida como el entorno. Él se da cuenta de nuestro respingo, sonríe y nos hace pasar a la casa. El café que nos prepara está hirviendo, como para compensar.

TFSabemos qué es consciente de la trascendencia de esta entrevista.-Decidimos llamarle de “usted”: nos sentimos de esa manera más cómodos al pensar así que entrevistamos a “alguien”.-Gracias por su tiempo, señor Copérnico.

COPÉRNICO: Estoy encantado de estar con ustedes. Adjetiva con la palabra “trascendente”, por lo insólito, supongo. Julio Cortazar escribía cuentos impregnados de dicha característica en los que el tiempo se detenía, la acción se ralentizaba. Nosotros disponemos de todo el que precisen, como en los relatos del autor argentino, durante el cual podrán hacer del detalle más nimio categoría, de la categoría microcosmos, si lo quieren. Hoy no miremos el reloj, si les parece, dividiéndolo absurdamente en fracciones, ilusamente más asibles que el todo sin desbravar.

TF: De acuerdo. No pongamos más límites que las necesidades biológicas de mi compañero y de mí. Por cierto, cuando nos acercábamos aquí, al ver la dualidad que encierra Leeds, pensamos…

COPÉRNICO:…prefiero que me llamen “metáfora” a “electrodoméstico”, se lo aseguro…-Comenta en un golpe de efecto que nos sorprende. Su capacidad de deducción lógica está bien engrasada, sin duda.-Pero, puestos a elegir me inclino más a que me confundan con un electrodoméstico a que lo hagan con un humano, contradiciendo así lo que reza mi aspecto. No soy un ser humano y no tengo vocación de impostor. Ustedes me crearon a su imagen y semejanza, nada más.-Tras la bíblica frase vuelve a sonreírnos: imposible saber lo que piensa. Siglos de psicología hoy no nos valen de nada, salvo que lo que tengamos delante sea mentalmente un reflejo de sus creadores, extremo que nos acaba de negar. Decidimos entonces actuar por instinto y olvidarnos de las preguntas escritas. En peores nos hemos visto…bueno, no, pero nos hacemos la ilusión.

FT: ¿Por qué, entonces, forma humana? ¿Por qué usted no es una enorme esfera con doce tentáculos? Y ya puestos, ¿por qué no se halla ese agudo cerebro dentro de unas curvas de mujer?

COPÉRNICO: Bien. Por orden: Los seres humanos han amoldado el Mundo a su antropometría. Esa taza que sostiene tiene un asa cuya abertura máxima es de 5,5 centímetros, que le permite a cualquier persona normal asirla cómodamente con dos o tres dedos. Puedo manejar todo tipo de herramientas o tocar el piano, ponerme una camisa talla standard o subir/bajar los mismos peldaños que ustedes. Una esfera enorme no pasa por las puertas ni estaría bien vista, caso de poder entrar, en una biblioteca pública o en un avión. Se trata de que posea un aspecto que, al tiempo, me sea lo más útil posible para cumplir mi misión y éste no represente una amenaza psicológica a los que me rodean. Si un extraterrestre quisiera camuflarse entre nosotros, al tiempo que acceder hasta el último rincón de su civilización, calzaría zapatos y se peinaría por la mañana. En segundo lugar le diré que el hecho que parezca un hombre no tiene la mínima connotación sexista: La Claymstrom Corporation decidió aleatoriamente, al azar, el “sexo” de la primera unidad de mi serie. En primicia le diré que mi “hermana” Gabriela X estará lista para mediados de Diciembre.

TF: ¿Gabriela? ¿Es por la Nóbel chilena Gabriela Mistral? Cuando dice lista, preparada, entendemos que su “software” necesita un periodo de aprendizaje, según nos informó la neuropsiquiatra de la compañía, Kumi Kaioto. ¿Cuánto tiempo necesito su cerebro para aprender que el mar moja, a distinguir entre los tres “Armstrongs” más célebres, a mover su centro de gravedad los días de viento o a dorar la píldora a una mujer? ¿Existieron Copernico I, II,…hasta llegar a usted?

COPÉRNICO: Es usted fémina versada y astuta, Violeta. Descartó al instante a Gabriela de Saboya, antigua reina de España, por pertenecer al ámbito político y no científico-cultural. Sí, mi compañera llevará el seudónimo de la poetisa y diplomática austral.-Nos contesta dorándonos la píldora, demostrándonos así su fino sentido del humor.-Respecto a mi aprendizaje le aseguro que fue largo. Sí existieron esas versiones pero sólo cautivas dentro de un ordenador, no como entes físicos. Cada salto numérico representó otro cualitativo a nivel intelectual. Desde que tengo conciencia del yo han transcurrido, quince años, tres meses y doce días pero, al parecer, desde que se concibieron mis matrices neuronales/cuánticas, ocho años más…

TF:…lo primero suena a condena. Condenado a existir y tener conciencia de ello.

COPÉRNICO: En absoluto. Le aseguro que estoy encantado. Lo que pasa que, por aquel entonces, mis fundamentos intelectuales era muy rudimentarios, mi mente equivalente a la de un escarabajo pelotero lobotomizado

TF:…pues damos fe que su aprendizaje, aunque lento, ha sido efectivo y de artrópodo psicocapado ha pasado usted a parecer el Hanibbal Lecter de las máquinas, pero en bueno. Además, no le veo yo rodando bolas de excremento por este salón tan bonito; le veo dotado de funciones para objetivos más elevados.-Entonces, en un nuevo golpe de efecto, Copérnico X se levanta del sillón en silencio y se sienta detrás de un enorme piano de cola que preside su salón. Acto seguido nos dedica un fragmento de una pieza de enorme belleza con claros tintes románticos. El bioandroide, tras la demostración, vuelve a su puesto y nos sonríe…-Le advierto que si lo ha hecho para impresionarnos…¡lo ha conseguido! ¿Franz Liszt? ¿Joseph Haydn?

COPÉRNICO: Casi. Quinteto en la mayor para piano, opus 114, de Franz Schubert. No quiero que crea que soy pretencioso, simplemente le muestro algunas de mis capacidades: Órdenes de arriba-matiza como para terminar de justificarse- Antes citó a Lecter ¿Se refiere al asesino caníbal cinematográfico considerado el más inteligente de la historia del celuloide? Ja ja ja. Puestos a parecer H/Anibal, sinceramente prefiero al general cartaginés; más épico, gran estratega y menos maquiavélico…

TF:Como que no le veo, al igual que detrás de una bolita de caca, en las guerras púnicas, detrás de Escipión. Bueno, tras el paréntesis hilarante pasemos a asuntos más pragmáticos: Descríbame un día cualquiera de su “vida”, si es tan amable.

COPÉRNICO: Vaya, con lo que me estaba divirtiendo, ja ja ja. Broma. Le contesto: Mis jornadas jamás se repiten pero le haré un popurrí de las de la semana pasada, por ejemplo, fusionándolas en uno sola, para que sus lectores se puedan hacer una idea muy aproximada. Mi actividad diurna comienza a las 3:00 a.m, aunque curiosamente no haya salido el sol. A esa hora leo mi correo con el plan del día que me propone la Compañía. Escriba “leo” entre comillas, si es tan amable. Casi siempre tengo que viajar para impartir una conferencia o tengo entrevistas como esta, aunque no siempre tan agradables, por supuesto…

TF: Por supuesto.

COPÉRNICO: Antes de partir en el aeromóvil que me envía la compañía hasta el espaciopuerto, normalmente dispongo de dos horas que dedico a prepararme mis visitas, imprimir documentos si es preciso, analizar memorandums, etcetera y, por otro lado, disponer mi ropa y adecentar la casa. En ese tiempo a veces tengo alguna videollamada, normalmente de la Claymstrom, donde me matizan el planning si es necesario. Uso los trayectos para seguir aprendiendo, por un lado cultura humana…

TF:..en el más amplio sentido de la expresión, suponemos…

COPÉRNICO: Supone bien: En el más amplísimo sentido. Esta mañana repasaba la cría de camellos, desde el siglo IV antes de Cristo, en la actual Dubai, y sus repercusiones socio-económicas… y si me resta tiempo, después de la entrevista, practicaré sobre pergamino letras capitales, de la época merovingia, con motivos zoomorfos.

TF: Que divertido…

COPÉRNICO: Pues para mí lo es. Me reconforta asimilar conocimiento, aunque lo que no tiene precio es interrelacionarlo. Le decía que, además de los datos culturales, puros y duros, estudio las costumbres humanas, su psicología, su interacción con sus semejantes y con el medio. Ahí sí que las posibilidades matemáticas se disparan. Son ustedes fascinantes.

TF: Gracias, por el cumplido genérico. Comprobamos que en ese campo también es un buen alumno. Siga contándome “su” día.

COPÉRNICO: En los trayectos y en mis encuentros en Universidades y colegios, instituciones y organismos oficiales, hoteles, congresos, etcétera, paso casi todo el día. A veces paso la noche fuera, aunque le reconozco que ello no me agrada demasiado. Cuando vuelvo a esta casa, la que considero mi hogar, dedico varias horas a realizar tareas de mantenimiento bio-hard-soft. No me pida que les especifique demasiado sobre lo primero, por favor. Lo digo por delicadeza hacia su estomago. Ya me han comentado varias veces que no es muy agradable para ustedes, por ejemplo, mis “tejemanejes” con el colágeno que me recubre.

TF: No se preocupe: Otro día si quiere nos intercambiamos secretos de belleza, depilación y mascarillas de aguacate.

COPÉRNICO: Ah, eso último no me lo sabía, lo de emplear lauráceas para el cuidado higiénico-estético.

TF: No sabe lo que me alegro. ¿Lee usted? ¿Libros, me refiero? Lo digo porque veo que tiene aquí una extensa biblioteca. ¿Es de esas que se compran por metros y colores?

COPÉRNICO: Ja ja ja. No, no son de atrezo. Esos lomos están rellenos de páginas y éstas de palabras, se lo aseguro. Respecto a su pregunta le diré que no suelo leer de forma física, tal y como ustedes entienden el concepto. Tengo un acceso directo y permanente a la Red Universal, nutriéndome copiosamente de ella. Lo que ocurre que, a veces, debo contrastar algún dato y lo hago a la vieja usanza.

TF: Ajá. Hablemos ahora de lo que le diferencia de nosotros. Perdone la tontería pero evidentemente usted ni come ni bebe. ¿Verdad?

COPÉRNICO: Evidentemente. Si me metiera algo en la boca y lo masticara no sabría ni tragarlo…

TF: Pues no sabe lo que se pierde…

COPÉRNICO: Eso me han dicho. Al parecer el dios Omacahtl de la mitología azteca, que simbolizaba el júbilo y el espíritu festivo, permanece todavía muy ligado a su aporte energético y vitamínico diario. Le informo de mi técnica para elegir ese comentario: Iba a usar a Baco ó Dionisio pero, al parecer, las mitologías griega y romana ya están muy trilladas.

TF: Gracias por el dato. ¿Si comiera o bebiera por accidente, saldrían chispas de usted, como en las antiguas películas de ciencia-ficción? De ese modo alguien a quién no le cayera demasiado bien podría usar contra usted un bacalao a la vizcaína y un Ribera del Duero en vez de una pistola o un cuchillo.

COPÉRNICO: Ja ja ja. No: mis creadores ya previeron esa eventualidad y más allá de mi campanilla dispongo de un pequeño compartimiento estanco. Ellos me cuidan, no crea usted. Soy un juguetito muy caro.

TF: ¿Cuán…?

COPÉRNICO: Estoy seguro que usted, Violeta, y sus superiores de la fabulosa revista en la que trabaja, entenderán que me guarde ese dato. Digamos que cuesto más que un aeromóvil de lujo pero menos que el P.I.B de Nigeria. El sueño de la Claymstrom es, precisamente, disminuir mis costes de producción cuando se produzca un aumento en la demanda. El problema es que mi cerebro no puede introducirse en una cadena de producción, al menos de momento. El trabajo, casi artesanal, de mis programadores se asemeja más al de un antiguo orfebre que a cualquier cosa que suene a Revolución Industrial.

TF: Le aseguro que es usted el huevo de Favergé con los ojos más expresivos que he visto nunca. Supongo que tendremos que conformarnos con ese dato tan preciso que me ha dado. ¿Le programaron para captar la ironía? Dígame, al menos, por qué cifra ha firmado la Claymstrom su seguro con la LLoyd’s londinense. ¿Puede usted mentir? Como diría el gran Groucho, conteste primero a la segunda pregunta.

COPÉRNICO: No puedo mentir, explícitamente, salvo si es absolutamente preciso para salvar una vida humana. Así lo expresé en la rueda de prensa de mi presentación. Estoy pensando en mi faceta de mediador en secuestros. Sí, sí puedo captar la ironía o antífrasis, figura retórica usada sabiamente por el novelista Oscar Wilde, entre otros, y por lo que compruebo también por usted.

TF: Veo que mentir no, pero puede omitir la verdad como la segunda cifra que le pido…

COPÉRNICO: Trataba de usar la técnica del olvido, para no tener que negarle información de forma tan reiterada, pero veo que no se le escapa una. No me está permitido tampoco darle ese dato pero se lo cambio por otro dato que no me ha preguntado y que le puede resultar curioso: No tengo sexo y, por lo tanto, no puedo mantener relaciones de esa índole. Esta vez también le voy a explicitar mi técnica que, sin duda ya ha captado gracias a su gran perspicacia: Al parecer, derivar la atención hacia un tema de gran interés, puede ser eficaz en algunos casos…

TF: Derivación arropada, además, de altas dosis de adulación… Cuan frágiles y orgullosos somos los seres humanos. ¿Tan facilotes somos?

COPÉRNICO: Bueno, puede que tenga razón en lo primero, pero tampoco debo mostrarle todas mis cartas, entiéndalo. Respecto a su simplicidad niego categóricamente la mayor. A su lado yo tengo la complejidad que encierra la tecnología que hay en un cubo. Siento, de veras, no poder responder el 100% de sus cuestiones.

TF: No se preocupe, me hago cargo, aunque mi obligación es intentarlo: Me pagan para sonsacarle. Antes citó esa posibilidad de arriesgar su vida negociando con niños malos. ¿Puede sentir algo parecido al miedo?

COPÉRNICO: No. Evidentemente, en mi matriz de instrucciones de bajo nivel residen, bien remarcadas, directrices de autoprotección y conservación. Ello, evidentemente, me podrían conducir a dilemas complejos, aunque tengo claro que debo preservar la vida humana por encima de cualquier disquisición. Le reconozco que me produce cierto alivio ser un modelo comercial de exhibición y espero no verme nunca en la tesitura de, o tener que evitar que una niña se parta una pierna o mi propia destrucción. No obstante, es claro para mí, que tendería a preservar la integridad de la niña.

TF: Preservar la integridad humana y la propia. Se ha saltado la segunda ley robótica de Isaac Asimov: Un robot debe siempre obedecer a un ser humano siempre y cuando esto no entre en conflicto con la primera ley (Jamás dañar a un humano).

COPÉRNICO: Bien, es un tema interesante. No, mis creadores obviaron la segunda ley, y perdone el retruécano, por motivos obvios. No puedo obedecer a los humanos, más los que me crearon, puesto que voy a recorrer el mundo e interactuar con miles de ellos. Imagine el caos que sería, en medio de una conferencia, que un asistente me pidiera que le fuera a comprar un amplificador telepático y otro lo contrario, que siguiera hablando. Admito que el complejo problema con el que me encuentro, a diario, es no dañar a ningún humano…¡psicológicamente! En conseguirlo empleo una fracción importante de mis recursos neuronales/cuánticos.

TF: Aja, complejo. Si le sirve de consuelo, a nosotros nos pasa lo mismo. La verdad es que me ha puesto en bandeja una de las últimas preguntas que tenia preparadas. Hasta ahora he improvisado pero como no le formule esta mi jefe, el señor Galán, me enarcará su ceja de incomodar al personal, como solo él sabe hacer. Habiendo descartado temores genéricos uno muy concreto: ¿Tiene usted, Copérnico X, miedo a la muerte?

COPÉRNICO: Ahora es cuando yo debo decir: “Me alegro que me haga esa pregunta, Violeta”. Me alegro que me haga esa pregunta, Violeta. La respuesta es NO. Cada diez segundos la compañía hace una copia de seguridad de todo mi sistema y reparte, a la velocidad de la luz, dicha información en tres servidores muy distantes entre sí, uno en la Colonias Exteriores, por cierto. Si ahora mismo cayera un misil en esta casa, ellos me reconstruirían, acordándose mi nuevo “yo” hasta de su mención de su jefe, el circunflejo señor Galán. La echaría de menos, eso sí. Lo digo de veras. Me dotaron de esa capacidad.

TF: Es un gran detalle, el suyo. Acaba de echar por tierra la cita de Antonio Machado: “No debemos de temer a la muerte, porque cuando nosotros somos, la muerte no es, y cuando la muerte es, nosotros no somos.” Así, con “backups”, cualquiera. Para terminar una última cuestión y una petición. En la pregunta quizá me delate como organismo XX y es, a nivel genérico, en la misma dirección que la anterior sobre el miedo. ¿Sentimientos?

COPÉRNICO: ¿Alegría? ¿Tristeza? ¿Amor? Me temo que mi respuesta vuelve a ser negativa, señorita Violeta. En mi parte físico-cuántica definitivamente no. En mi parte biológica, cualquier conato, por ejemplo, a nivel de endorfinas, es rápidamente controlado por mi otra mitad. Por definición control es, en algún aspecto, antónimo de sentimiento. Creo que es mejor así. Un robot emocional biónico podría ser un organismo incontrolado y eso, se lo aseguro, tiene muy mala prensa. Como sabe la Claymstrom Corporation es una empresa que reviste carácter mercantil, es decir, que tiene ánimo de lucro y no se lo oculta a nadie. No le niego que en el futuro algún pariente remoto mío lea a William Shakespeare y se sienta totalmente identificado con las pasiones de sus personajes. Pero no ahora.

TF: Bien, bien. No me pregunte por qué pero su respuesta me reconforta. Quizá porque pienso que, al margen que ustedes estén preparados para vivir emocionalmente en esta sociedad, seguro que esta sociedad no está preparada para vivir entre biomáquinas con corazón. Seguro. Bueno…-nos levantamos y estrechamos de nuevo la mano fría de Copérnico-Estoy autorizada para realizarle una proposición deshonesta aunque vertical…

COPÉRNICO: Vaya…ja ja ja.

TF-La publicación en la que trabajo se ha interesado mucho tanto en sus innegables dotes lingüísticas y su elocuencia, así como en su asombrosa capacidad de análisis e interrelación.
Teniendo en cuenta que a usted no le costaría más de 0,6 segundos escribir un artículo del tamaño de esta entrevista, ¿se atrevería Copérnico X a escribir en nuestra revista T
iempos Futuros? Podría aportar una perspectiva de excepción a los acontecimientos científico-tecnológicos de nuestro tiempo. Sería un honor convertirnos en la primera revista que publicara artículos de un no-humano. Entendemos que tendrá que consultarlo a sus creadores y…

COPÉRNICO:…Disculpe que le interrumpa-y mientras nos acompaña a la puerta el bioandroide extrae de un cajón un documento sellado con el blasón de la Compañía, firmado por directora general de la compañía, Soraya Arroyo.-Deduje su petición y hablé ya con ellos. Si fuera tan amable me gustaría que se lo entregara en mano a su jefe, el señor Galán Pozuelo: Son las condiciones de mi contrato. Le adelanto que sería un honor colaborar con ustedes.

TF: Como no tiene la capacidad de ofenderse, con todo el cariño le diré: Es usted un electrodoméstico de lo más repelente.

Copérnico se limita a sonreír en silencio.

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(c), 2006 Ramón Galí. Artículo original cedido por la revista Tiempos Futuros Future Times
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Sep 162010
 

¿DÓNDE ESTÁ EL MALETÍN?: LO QUE PUDO SER Y NUNCA FUE

“¿Dónde está el Maletín” de Ramón Galí, es un esbozo de una ucronía
o utopía histórica razonada…¿o no? Lo que pudo haber sido y nunca fue.
Nunca lo sabremos; lo que nos queda son las conjeturas…y este microrrelato

El secreto mejor guardado

La cerradura del maletín chascó al teclear la contraseña correcta. Había guardado el secreto celosamente y los cinco trajeados abogados que le miraban incrédulos, desde el otro lado de la mesa, dentro del gigantesco rascacielos. Atar los últimos flecos legales antes de hacer pública la noticia que marcaría el Antes y el Después. No existían copias de las ecuaciones más que en su cabeza y en aquel misterioso maletín. No más guerras, hambre, sufrimiento y desigualdades. La Fuente Energética Universal cambiaría la historia de la humanidad. Lo había pensado en el meteorítico ascensor: Ese día cambiaría el mundo. Entonces, su mirada atravesó la estancia y se posó en el ventanal “¿Por qué ese avión volaba tan bajo en aquella mañana soleada de Septiembre del año 2.001?”

(c), 2002 Ramón Galí. Relato cedido por la revista Tiempos Futuros Future Times.
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Jun 032010
 

BRAZIL (1985): ¿LA LOCURA DE UN GENIO O LA GENIALIDAD DE UN LOCO?    (ENGLISH VERSION)

“No hay ninguna parte, nunca es bastante lejos”
“Hoy les quiero hablar de tuberías”
“Por la presente le informo según los poderes recibidos por
la sección 7 del párrafo 7… el señor Tuttle de las torres Sangri
-la queda obligado a los costes financieros, …firme aquí, otra vez.
Más fuerte esta vez”
“Esto es obtención de información y no dispersión de información…”

Si les decimos que estamos ante una película del conocido subgénero “Distopías orwellianas surrealistas abigarradas tragicómicas” (“Inclasificable recalcitrante”, para los amigos) pensarán que ahí solo cabe este film. Acertarán, claro. Ah, perdón: Distopía es la antítesis de una utopía, una utopía negativa en la que los acontecimientos supuestamente históricos que se narran discurren por cauces siniestros, opresivos. Ah, ¿ciencia-ficción? Pues también.

Poster Película

Igual que dijimos que Contact sería (y fue) la película que haría un grupo de brillantes científicos, Brazil es la movie que excretaría (y excretaron) el grupo de humoristas más brillantes y desquiciados de la historia del celuloide… ¡con cuatro copas de más! (en este caso, uno de ellos). A pesar del remate etílico final borren del silogismo la palabra “improvisación” y sustitúyanla por “ingenio”. Brazil es todo genialidad surrealista dalidiana enlatada en 142 minutos. Nominación al Oscar, por mejor guión original, de propina. Fotografía fabulosa, por cierto.

Poster Película

El actor Jonathan Pryce borda el papel de un tecnócrata diligente (el protagonista Sam Lowry) pues, casi por ósmosis, transmite al espectador su desconcierto ante el delirio visual y argumental que perpetró el exPython, rozando el delito intelectual, sin duda. Robert De Niro (Tuttle) hace poco pero, como siempre, lo que hace lo hace “niquelao”: Conspirador contra el sistema desde su tapadera de calefactor pirata, aparece y reaparece como el Guadiana, cuándo y cómo menos te lo esperas; a veces tarareando “Brazil”, a veces urdiendo bombardear el sistema desde dentro junto a sus secuaces de la “resistencia”. Sus desapariciones, épicas, bajo los acordes gloriosos, deslizándose por un cable entre los edificios kilométricos. Completa el reparto un grupo de actores solventes entre los que se podrían destacar muchos, por ejemplo, un Bob Hoskins sensacional, quien personaliza un engranaje de la absurda maquinaria burocrática que les oprime.

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En algún lugar del siglo XX” es donde/cuando se desarrollan los acontecimientos. Pero un siglo XX anti-ucrónico, industrial, burocratizado y que, sin duda, perdió por el camino (de los universos paralelos) el tren de la revolución digital: en esta realidad alternativa nunca debieron existir Gates y Jobs…o si lo hicieron terminaron sus días rellenando el formulario 27b/53 para solicitar la creación de impresas innovadoras. Lo analógico se impone, lo mecánico campa a sus anchas, normalmente mal engrasado, estridente. En el universo de “Brazil” no conocen el 3 en 1, ni maldita la falta que les hace. Muerte al software, viva el harware cochambroso, chirriante.

Brazil

La hazaña visual, el derroche imaginativo, que constituye “Brazil” alcanza la apoteosis del barroquismo onírico, que completan las otras dos entregas de la (discutible) trilogía-según su director-“Los bandidos del tiempo” (1981) y “Las aventuras del Barón Munchausen” (1989). La atmósfera de irrealidad, la sensación de “mi mundo me lo han cambiado”, se respira desde el primer fotograma. Estamos ante una realidad paralela, monitorizada por un omnímodo Ministerio de Información, en la que las caricaturas andantes que son ciudadanos de a pie, ejercen impasibles como convidados de piedra de un mundo monstruosamente burocratizado.

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El exPython estrenó en 1985 esta película delirante a capas, tan densa que se puede masticar, que igual que Memento requiere varios visonados para captar todos los detalles, todas las ironías (algunos lugares de ese mundo de hormigón y funcionarios tienen nombres bucólicos: Sangri-la, Verdes Pastos, etc), toda la acción que se desarrolla en un segundo plano. El director, Terry Gilliam, dispone para crear esta película cuadridimensional de una batería casi infinita de recursos, humanos, materiales, pero sobre todo argumentales: Pendulos “Si/No” para la toma de decisiones, militares de estética nazi cantando villancicos (“eso no es un si bemol”), sombreros/zapato (¿y zapatos/sombrero?) como el de la ególatra y recauchutada madre del protagonista (inquietantemente parecida a cierta duquesa española)… En una película cuya desarrollo se cimenta en una mosca muerta que emborrona la letra de un apellido en un papel…, todo es posible. Al igual que en Blade Runner se diseñó un microuniverso entero, una realidad de diseño braziliano autosuficiente.

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Ese nanouniverso es duro, cruel, violento, macabro, escatológico, gore en ocasiones. Al grupo humano que hizo que se nos desencajara la mandíbula en “La Vida de Brian”, cuando le da por la casquería no le gana nadie. Y sino que se lo pregunten al obeso que literalmente explota por una chocolatina en “El Sentido de la Vida” (1983). En la ¿película? con la que hoy lidiamos los niños juegan con armas pero le piden tarjetas de crédito a Papá Noel. Los cuerpos de seguridad disfrutan machacando al común, disparando primero y preguntando después, pero son incapaces de actuar sin los impresos reglamentarios que los respalden. Los atentados terroristas dejan despedazados por doquier pero si no te toca a ti continuas la conversación en el punto en el que lo dejaste y te terminas tranquilamente la ternera braseada (en formato bolas de helado); un simple biombo separa el horror del hedonismo y apacigua las conciencias mientras los músicos siguen tocando, como en el Titanic mientras éste se hundía. A pesar de que la necrofilia no se practica-pero sí se menta-en la película no dejen verla a sus hijos hasta que tengan treinta y cinco años.

Brazil

Sin embargo, en la bomba de relojería a punto de estallar que es “Brazil” (¿o que estalla en la cara del espectador?) el amor tiene cabida, existe un pequeño ámbito, un resquicio en el hormigón por dónde asoma el sentimiento que glosó Stendhal. Jill Layton (Kim Greist) es la afortunada de la que se enamora el protagonista, primero desde sus sueños, luego en la realidad, como estipulan los cánones surrealistas. Ambos buscan la libertad pero con diferentes enfoques. Él se quiere escapar de esa realidad con ella: “Nos iríamos a alguna parte” Ella: “No hay ninguna parte, nunca es bastante lejos”. Los únicos espacios de libertad son la sección de lencería y las vallas publicitarias que anuncian paraísos verdes, imposibles de todo punto en ese microcosmos tóxico, contaminado y asfixiante que es “Brazil”. En cualquier caso un “I Love You” escrito en el parabrisas de un camión ablanda a la chica; en aquel mundo monstruoso todavía caben los sentimientos…pero de canto.

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La cúspide del sistema es el Ministerio de Obtención de Información, centralizado en un colosal edificio de 84 plantas de estética neonazi, industrial, por cuyos pasillos circula el gran jefe Warren y su sequito de burócratas desesperados: “Dígale que sí, dígale que no”. La burocracia consume una cuarta parte del PIB pero lastra la maquinaria del sistema de forma irremisible: Nada, en el fondo, funciona como debería. Los documentos suben y bajan, aparatosamente por unos tubos representan metafóricamente a un sistema que se colapsa al mínimo imprevisto. El inútil del jefe de Sam Lowry, el señor Kurzmant, se ahoga en un vaso de agua, cuando no sabe qué hacer con un cheque que había que reembolsar a un muerto: Gran tragedia griega. Los ascensores son demasiado lentos, los despachos ridículos, oblongos, y las máquinas-aparatosas, bruscas, kafkianas-se estropean constantemente. Las tapas no encajan donde deberían: “Han vuelto al Sistema Métrico, sin avisar”. La falta de un impreso 27b/6 detiene a los malos de perpetrar sus fechorías: “Volveremos, idiota hijo de puta”. Los camareros son incapaces de servir en un restaurante un solomillo poco hecho si no especificas su código: “Tiene que decir el número”. Ah, si te detienen tienes que firmar un recibo.

Brazil

Pero los universos oníricos son los verdaderos protagonistas del film, el surrealismo el lenguaje que se chapurrea en “Brazil”: “No llegarás a ninguna parte con un traje así” (y le entrega otro exacto pero con un tono menos de gris). “¿Mellizas? No, trillizas”: “¿Trillizas? Ah, como pasa el tiempo”. Un samurai enorme, plúmbeo, metálico, silencioso, impersonal aparece y desaparece en los sueños del narcoléptico Sam Lowry, amalgamado con su amada, y trata de matarle; al quitarle su milenaria máscara aparece él mismo, pero también un policía se transfigura freudianamente en él. Una camisa de fuerza para el director y unos bonos descuento para el psiquiátrico para los abnegados espectadores, por favor. Y hablando de habitaciones acolchadas, cuando el todopoderoso señor Hellman, disfrazado de Papá Noel, se presenta en la que termina el protagonista le dice: “Sé lo que sientes. Por eso te he traído agua de cebada”. Claro.

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En fin, que recomendamos que vean esta desquiciante película, esta obra maestra para el que les escribe, este Gran Hermano Orwelliano reinterpretado por alguien con exceso de dopamina en su cerebro. Y se lo recomendamos especialmente a ese 6 % de la población total, mentalmente sana: Tras visionarla cruzarán la línea, no lo duden. Al otro lado, aquí, se está fenomenal, la verdad. Ah, y a los demás que la vean también: “Brazil” será la puntilla de sus patologías psiquiátricas.

(c), 2010 Ramón Galí. Crítica cinematográfica cedida por la revista Tiempos Futuros Future Times.
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May 142010
 
PLANETA PROHIBIDO (1956): SHAKESPEARE Y EL REMOTO FUTURO
“Mi otro yo maligno va a penetrar por esa puerta
y no tengo poder alguno para impedírselo”
“El hombre no puede mirar directamente
a un dragón y sobrevivir”
DOCTOR EDWARD MORBIUS

Si pudieramos materializar una sensación obtendríamos algo parecido al “El Planeta Prohibido”. La sensación a la que aludo puede ser la maravillosa de los lectores de “Pulp Fiction” de mediados del siglo XX, de las revistas pioneras del género, como las legendarias “Astounding Stories”,  Amazing Stories o Galaxy. El “Eastman Color” que rezan los títulos de crédito, la  banda sonora tan inocentemente inquietante (y en su técnica, pionera), los fondos malva de ensueño y aquella entrañable nave “interplanetaria” (modelo OVNI berlina utilitario) ayudaron, sin duda.

Nave Espacial

Quizá sin ellos quererlo el tandem del productor Nicholas Nayfack y el director: Fred Mcleod Wilcox, lo consiguió. Los fantasmas de su subconsciente emergieron y se plasmaron en el celuloide para siempre, con permiso de Sigmund Freud y William Shakespeare, por supuesto. De éste, del paradigmático dramaturgo inglés, nació la obra que los inspiró indirectamente: “La Tempestad”, representada por primera vez en 1611. Los paralelismos oscilan entre lo evidente y lo difuso: Isla-Planeta, Próspero (Duque legítimo de Milán)–Morbius, Contexto colonizador del Nuevo Mundo-Mundos Nuevos, Alquimia con la que controla la Isla-Tecnología con la que controla el planeta, Hija Miranda-Hija Altaira, Estudio Artes Clásicas-Estudio Enciclopedia Krell, Venganza por amor clásico-venganza por amor filial …
Moebius habla con su Robot
El Doctor Morbius, arquetipo del sabio ególatra y misántropo, hecho a sí mismo, que le sobra la humanidad y el mundo, (y los mundos, en este caso), ha incrementado su ya elevado coeficiente intelectual gracias a una máquina de origen extraterrestre. El artilugio, curiosamente, nos recuerda de forma impepinable a los martillos de feria, que también se elevan proporcionalmente a lo animal que sea el sujeto que los pruebe, y en este caso también, pero justo por la razón opuesta. Morbius estudia con delectación la enciclopedia que acuñaron los fabulosos Krell que guardan los secretos de un millón de generaciones de su raza, tras semidescifrar su lenguaje, quizás con una piedra de Rosetta cósmica. Pero tras su sed de conocimiento se esconden sus fantasmas, sus miedos, que le hubieran convertido en carne perfecta de psicoanálisis freudiano en cuando se tumbara en un diván. El trabajo de Walter Pidgeon es excelente, muy creíble, algo que no se puede decir de su compañero de reparto Leslie Nielsen, que podía haber rodado con una careta de si mismo y el resultado hubiera sido idéntico. Volviendo a Pidgeon, veterano actor, desconocemos si cobró doble al encarnar dos papeles, quizás opuestos, quizá complementarios, en la cinta. En su segunda actuación, discreta, implícita, trabaja….¡de metáfora! En ambas, lo dicho, impecable.

Moebius habla con su Robot

Robby merece un párrafo para él solito. Vértice tecnológico de la cinta probablemente sería de los primeros robots que vieran evolucionar los espectadores de 1956. Aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid y que un tal Isaac Nosequé acababa de esculpir las tres leyes de la robótica a comienzos de la década, Robby (mientras dormía el maestro patilludo) escapó de su primer relato e hizo un papel más que digno en la película. Debió gustarle porque repitió en “The Invisible Boy” (1957), en capítulos de “The Twilight Zone” (Los límites de la realidad) y “Lost in Space” y en algunas producciones de los años 80. El robot se convirtió en el futuro un ¿objeto? de culto, un icono del siglo XX, una “Gioconda” cinematográfica idolatrado por un ejército de fans de varias generaciones. Volviendo a la movie, arrebatadora es la escena en la que el creador (Morbius/Frankenstein) le ordena al robot que detenga al monstruo y se cortocircuita. ¿Adivinan porqué? La Primera Ley (“Jamás dañaras a un ser humano o por tu inacción permitirás que un humano sufra ningún daño”), para androides suficientemente inteligentes, es aplicable también a los alter egos, por supuesto. La máquina tiene unos exquisitos modales imitados posteriormente por su sobrino-nieto C3PO, hasta en la cantidad de formas de comunicación que dominan ambos. Pero siempre hubo clases: el primero 187 y el áureo millones. Robby, antes de hablar produce un sonido en el que parecen engranarse piezas mecánicas, como si sus palabras fueran un puzzle que la máquina compone en tiempo real. ¿No es entrañable este artefacto construido de forma artesanal? Construido “para ser ajeno al mal” y “que nunca se equivoca” resuelve toda necesidad material que padre e hija puedan desear: comida, ropa, utensilios, joyas… Además, prácticamente indestructible, salvo por “el oxígeno que le produce herrumbe” ¿Les suena? Un baño de cinc hubiera solucionado el problema, aunque sin pasarse con la galvanoplastia, claro.

Tripulación de la nave

Una mujercita adorable, hija de Morbius, se erige como único representante fémino del film, entre “18 tripulantes de entre 24 y 26 años” vestidos de marineritos, un Walter Pidgeon, como decíamos, disfrazado de si mismo, un Leslie Nielsen (Capitán John Adams) hierático y un Robby asexuado, asimoviano y nada asténico, sino fortachón a más no poder; te transporta unas toneladas del isótopo 217 del plomo como quien mueve una silla. A la chica, a Altaira, -como la estrella que calienta al Planeta Prohibido-le roba varios besos el teniente Farman antes de que el espectador haya tenido tiempo de arrellanarse en su asiento. La inocencia personificada evoluciona en escenarios arcadianos, llenos de animalitos, no tiene rubor en bañarse desnuda,… hasta que el género humano la pervierte con su maldad. Un tigre celoso de los visitantes ataca a su mismísima amiga por lo que es atomizado, que debemos entender que es mucho peor que ser desintegrado, pues entonces te despiezan en moléculas y no en átomos, más simplones, unitarios y solitarios. Perdonen que nos burlemos un poco pero lo hacemos desde el cariño y desde la obligación: Si no eres escrupuloso en los conceptos te arriesgas a esto cuando pase un siglo de tu obra. Volviendo a la chica, estudió poesía, matemáticas, lógica, física, geología y biología. Trivium y cuadrivium carolingios en versión planetaria. ¿Para qué más?. La Historia vetada, suponemos, por la sobreprotección de su padre y mentor para que no conociera, en toda su extensión, la inefable condición humana.

Moebius habla con su Robot
A nivel tecnológico y científico la película es voluntariosa y “se apaña” bastante bien, salvo los clásicos gazapos; todavía no hemos llegado al cine de ciencia-ficción que resiste incólume el paso del tiempo, técnica y argumentalmente. En 1956 ya conocían la señal de tráfico intergaláctico que había plantado Alberto Einstein, con la velocidad de la luz dentro de un círculo rojo; pero a cualquier amante de la ciencia-ficción se le permite rebasar ese límite, más que nada, para llegar a alguna parte antes de que las ranas críen pelo, o “el hijo del vecino pise la luna”(1) (2). Bien, aceptamos velocidad hiperlumínica para desplazarse por el cosmos. En los diseños se usan cromados, como del “traje” del robot, superficies acristaladas varias y vestimentas de altos talles y minimalistas: Parece correcto. En la decoración lo que parecen muchos peces abisales disecados, de dudoso gusto pero lo suficientemente inquietantes como para que el espectador no se pregunte si son anacrónicos o dónde diablos los pescaron en un planeta semi-desértico. Bien, bien. Los comunicadores inalámbricos que usan no los valoramos ahora pero, en una sociedad “no Wireless”, eran revolucionarios, la verdad. La película, retomando el camino riguroso, resuelve de forma ingeniosa muchas escenas, como la de los campos de fuerza alrededor de la nave, o el desplazador a través de la “ciudad Krell”, o el mismísimo Monstruo del Subconsciente: fantástico: Los que vieran la película de niños seguro que tienen grabada esa silueta de luz terrorífica, apoteósica. A la Light & Magic le quedaban unos años para nacer aunque la versión de aquella época, la Walt Disney, “algo” tuvo que ver en los efectos especiales en el film.
Empecemos a poner también pegas en el otro ¿platillo? de la balanza: Seguimos, seguiremos y seguiremos sin software que gobierne los instrumentos tecnológicos. El hardware impone su ley y recuerdo que incluso en “Almas de Metal” de 1973 todavía tendremos a un robótico Yul Bryner con muy mala leche y sin una mísera línea de código dentro de su ser. La maquetita de la nave dentro de la esfera del puente de mando tiene su aquel y ni el capitan Leslie Nielsen es capaz de “agarrar como pueda” una explicación plausible a tamaña tontería. De más calado son los interrogantes que nos suscitan las propiedades mágicas que posee el robot para “crear materias primas” a partir de una muestra, como el Whisky de Kansas City, suave, suave (“¿un par de hectolitros serán suficientes?)”. No seamos tan duros con el robot: Una explicación ante la cual tendríamos que callar es que usara las avanzadísimas máquinas Krell para realizar esa transformación, jugando con materia y energía. Por cierto, Altair 4 es 4,7% más rico en oxígeno que la Tierra, bien, respirable, pero la gravedad es 8.7…¿qué? Quizá es una mala traducción, quizá se refiere a un 8,7% más poderosa o débil que en la Tierra; bueno, qué más da. Lo dejamos en parecida. En suma, una película bastante correcta habida cuenta el año en que fue rodada.
Cartel Comercial
En fin, si la crítica se quedará aquí habríamos viajado años-luz hasta un planeta prohibido y nos hubiéramos quedado en su luna yerma. ¿Qué hay de los monstruos del subconsciente, los monstruos del Id? En una escena Pidgeon/Morbius reconoce que las leyes y la religión en verdad sirven para aplacarlos, lo cual, no deja de ser una afirmación inquietante. ¿Qué hay de la extraordinaria civilización extraterrestre de los Krell? (3) Los Krell, la raza de extraterrestres que “fue todo menos divina” moraron ese mundo hace dos mil siglos, alcanzando su culmen tecnológico: Dominaron la energía (“9.200 reactores nucleares en cadena, la energía de todo un sistema planetario”) y la materia. Pero cuando estaban a punto de desprenderse de su lastre físico algo acabó con ellos: Sus propios monstruos subconsciente. La moraleja parece clara y a nivel microscópico se puede aplicar también a nosotros: El desarrollo material de una civilización, si no va de la mano, paralelo, al desarrollo espiritual/intelectual, termina por autodestruirla. De ahí cómo fenecieron los tripulantes del “Belerofonte”, despedazados por una fuerza misteriosa,… y ahora moran en el camposanto del planeta, “víctima de la codicia y de la locura humanas”. Esos monstruos del Id, amplificados por las máquinas alienígenas, son capaces de atravesar el indestructible acero Krell, retroalimentándose de su propio mal, “renovando su estructura molecular de microsegundo a microsegundo”: “Eso que hay ahí fuera es ¡¡USTED!!”. Y es que cuando el mal se amalgama con la inteligencia no se le puede poner coto. Ella, Altaira, tiene una percepción extrasensorial a través de un sueño y ve el horror…

Belerofonte, en la mitología griega, fue el héroe que domó al caballo alado Pegaso y mató a la Quimera, monstruo con cabeza de león, cuerpo de cabra y cola de serpiente. Los colonos de la nave Belerofonte que llegaron al Planeta Prohibido no pudieron acabar con la Quimera con la que soñó Moerbius, con sus fantasmas del inconsciente,  con sus monstruos del Id, que finalmente acabaron también con él. La última frase de la película es también la de esta crítica: “Hay que recordar al hombre que, al fin y al cabo, no somos Dios”
(c), 2010 Ramón Galí. Crítica cinematográfica cedida por la revista Tiempos Futuros Future Times.
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